Advertencia: este post podría provocar arrugas, producto del síndrome de la ceja levantada.
Empiezo citando a Bobby Capó, en esa maravilla que es “Soñando con Puerto Rico”:
Yo no puedo ocultar el orgullo que siento de ser puertorriqueño
Ahí Bobby dijo lo que todos sentimos y no siempre confesamos. Llevamos en el corazón un orgullo inigualable. Un orgullo hiperbólico que en ocasiones anima, pero a veces espanta.
Confesión inicial: soy producto de una crianza matriarcal. Me criaron mi madre, mis abuelas, mis tías. Como en toda familia machista que se respete, los hombres cargaban el título de autoridad. Pero el mando real siempre estuvo en manos de ellas. Lo dejo claro desde ahora, para que las voces del feminismo criticón no malinterpreten lo que voy a contar.
Dicho esto: dos hombres marcaron mi vida de manera singular sin que yo se los pidiera. Mi padre y mi suegro (q.e.p.d). Sus historias individuales las dejo para otro día — cada una merece su propio espacio. Pero lo que ambos me enseñaron, sin palabras y con puro ejemplo, exige una reflexión coyunta.
Se criaron cerca en geografía y lejos en todo lo demás. Ambos conocieron la pobreza de verdad, pero uno desde el barrio, el otro desde el pueblo. Uno rural, el otro urbano. Sin embargo, los dos cargaron el mismo sello: la humildad.
Sé que la palabra incomoda a algunas. Se usa y se abusa. A veces esconde un prejuicio disfrazado de cumplido. Yo la uso aquí sin trampa. Como elogio limpio. El más limpio que le puedo hacer a mi viejo y a mi suegro.
Y aquí es donde vienen las arrugas. Hablar de humildad entre puertorriqueños es como hablar de coca-cola en medio del desierto. A los boricuas nos encanta la comemierdería. A ellos, no.
Fueron entusiastas de lo simple. De la gracia sin adornos. Del civismo callado. Del desapego a lo material. Daban sin tener. Ayudaban sin poder. Ofrecían sin factura. El mejor retrato de su sencillez: sus carros viejos. Mi padre con sus pickups destartaladas y su clásico “Jeep” — el de las incontrolables hemorragias de aceite quema’o. Mi suegro con su inseparable Volky verde — el cual perfumaba a sus pasajeros con la inconfundible fragancia L’Air du Moffler — el mismo que llevó a mi esposa del kínder a la universidad y que también transportó a mis hijos a la escuela elemental. Podría seguir dando ejemplos. Con estos basta.
Esos carros no eran solo medios de transporte. Eran filosofía sobre ruedas. Cargaban un orgullo, sí. Pero no hacía falta que brillaran. No hacía falta impresionar a nadie. Cumplían su función y punto. Y mientras más viejos, mejor. Así vivieron ellos.
Ahí está la lección. Y ahí está la trampa del título. Humildes en su orgullo. Orgullosos de su origen y de su esencia boricua, sí. Pero sin pose. Sin necesidad de aplauso. Su bandera no estaba en el bómper. Estaba en el trato a los demás y en su sencillez.
Yo todavía cargo mi cuota de comemierdería. Como buen boricua, al fin y al cabo. Pero aspiro a manejar mi propio carrito viejo — sea cual sea su forma — con esa misma sencillez. Dar lo poco como si fuera mucho, sin esperar nada a cambio.
Y si esta reflexión les dejó una arruga nueva, misión cumplida.