Un encuentro que aún no termina
Ayer regresamos de España. Un viaje que, por circunstancias hoy irrelevantes, llevábamos posponiendo casi una década. Si soy sincero, desde la perspectiva fisiológica, hubiese preferido hacerlo durante nuestra juventud. Tomando la madurez como factor principal, probablemente fue el momento adecuado.
Nos limitamos al entorno madrileño. Aun así, alcanzamos a recorrer algunas ciudades cercanas a la capital. Fue un viaje hermoso. Y fue, sobre todo, una oportunidad para pensar.
Ahí terminó el turismo.
El Alcázar de Segovia
Hay un cuarto en el Alcázar de Segovia donde la historia se siente de forma física. Ahí se discutió el viaje de Colón. Un viaje accidentado, torpe, que terminó abriendo uno de los episodios más determinantes de la historia humana.
Pararme en esa sala me dejó incómodo. No fue la incomodidad del turista que se aburre. Fue otra cosa.
Enrique Dussel tiene una idea que me acompañó en esa experiencia: el ego conquiro. Antes de que Descartes escribiera “pienso, luego existo”, Europa ya se pensaba a sí misma como conquistadora. La razón moderna, dice Dussel, se construye sobre esa práctica previa. El sujeto racional llega después. El conquistador llega primero.
De pie en esa sala entendí el argumento de otro modo: no como tesis de un libro, sino como arquitectura. Las paredes, las decisiones tomadas ahí adentro, el edificio entero, son la forma física de ese ego conquiro. No hace falta leer a Dussel para sentirlo. Basta con entrar.
La pregunta del “hasta cuándo”
Y aquí aparece lo incómodo de verdad. ¿Hasta cuándo seguimos hablando de esto? ¿Hasta cuándo el análisis histórico desde la dualidad víctima-victimario?
La pregunta tiene dos caras. Una emocional. Otra intelectual. Y no coinciden.
Emocionalmente entiendo el cansancio de repetir, generación tras generación, el mismo reclamo sobre una herida de hace cinco siglos. Hay algo agotador en eso. Intelectualmente, sin embargo, me cuesta esquivar el argumento de Aníbal Quijano: la colonialidad no terminó con la independencia política. Cambió de forma. Sigue organizando el trabajo, el conocimiento, incluso qué lenguas o qué saberes valoramos por encima de otros.
No tengo una respuesta cómoda para esta dicotomía. Sospecho que nadie la tiene. Pero noto algo: la pregunta “hasta cuándo” casi siempre la hace quien ya no carga el peso de la herida. Eso, al menos, hay que anotarlo.
Tres maneras de mirar el mismo hecho
Vale la pena exponer tres lecturas filosóficas que traía conmigo a este viaje.
Dussel sostiene que 1492 no fue un descubrimiento, sino un encubrimiento. Europa no conoció a un otro genuino. Lo clasificó, lo redujo a “lo Mismo” que ya conocía: bárbaro, gentil, sujeto por civilizar. La propuesta de Dussel no se queda en la crítica. Ofrece algo que llama transmodernidad: un diálogo entre culturas en igualdad de condiciones, que incorpore la voz de quienes fueron excluidos, sin por eso renunciar a la razón como tal.
Todorov llega al mismo hecho desde otro ángulo, el semiótico. Para él, la conquista fue posible por una asimetría en la lectura de signos. Cortés entendió los códigos aztecas mejor de lo que Moctezuma entendió los españoles. Esa ventaja comunicativa no sirvió para el reconocimiento. Sirvió para la dominación. Todorov distingue tres planos frente al otro: si lo juzgamos bueno o malo, si nos acercamos a él o lo sometemos, si lo conocemos o lo ignoramos. Se puede “conocer” al otro sin llegar nunca a reconocerlo como igual.
Marx, por su parte, no le dedicó un libro al tema. Lo trató en un capítulo de El Capital. Ahí llama “acumulación originaria” al despojo violento —tierras, metales, personas— que hizo posible el capitalismo europeo. Para Marx, América no fue un episodio secundario. Fue estructural. El oro y la plata extraídos financiaron buena parte de la industrialización europea.
Tres lecturas, tres escalas distintas. Dussel mira la subjetividad. Todorov, la comunicación fallida. Marx, la estructura económica.
Qué me llevo de cada uno
Coincido con Dussel en algo fundamental: la negación del otro antecede a cualquier justificación racional. La violencia no llegó después del argumento que la explica. El argumento se construyó para sostener una violencia que ya estaba ocurriendo. Violencia que aún se sostiene por vía de perspectivas históricas y sociológicas euro-céntricas.
De Todorov me llevo una lección incómoda, aplicable mucho más allá de la transición entre Edad Media y Edad Moderna: conocer a alguien no garantiza reconocerlo. Se puede estudiar una cultura con precisión quirúrgica y usar ese conocimiento exactamente para lo contrario de la empatía.
De Marx, el recordatorio de que ninguna estructura de pensamiento flota sola en el aire. El mito de la modernidad tuvo un motor material. Plata y oro concretos, extraídos por manos concretas, bajo látigos concretos.
Dussel me convence en el diagnóstico. Me convence menos en la salida. La transmodernidad suena bien en un seminario. Cuesta imaginarla operando entre estados, mercados y ejércitos desiguales. Aquí encuentro más filo en la lectura de Quijano: la colonialidad del poder no depende de un mito filosófico que leamos en un libro. Depende de una jerarquía que sobrevivió al colonialismo político formal y que sigue organizando, hoy mismo, buena parte del mundo. Cambia de nombre. No cambia de función.
Aunque me inclino hacia Dussel, me reúso a mirar por un solo lente, porque el riesgo de una sola lectura, por potente que sea, la convierte en dogma. Prefiero sostener las tres preguntas a la vez: ¿la clave está en la subjetividad europea, en la comunicación rota, o en la estructura económica global? Probablemente en las tres, en proporciones que todavía no sé calcular.
La casa de Cervantes
Alcalá de Henares fue otro tipo de visita. Ahí no hubo incomodidad. Solo asombro.
Escogimos la ciudad para poder apreciar la totalidad del eclipse solar que motivó nuestro viaje. Pero también porque allí nació Cervantes.
La casa donde nació Don Miguel (o el modelo de ella que apreciamos) no era de alta nobleza; parecía de alcurnia, pero no exagerada. Nada en ella anuncia al autor de Don Quijote. Y sin embargo ahí nació el hombre que inventó, quizás sin saberlo del todo, la novela moderna.
Confieso mi fascinación de toda la vida con Don Quijote—y más aún con la frágil persona de Alonso Quijano. No solo por la historia. Por la forma. Cervantes se ríe de su propio personaje y, al mismo tiempo, lo defiende. Construye una crítica y un homenaje en el mismo gesto. Pensé en eso mientras recorría la casa: cuánto se parece esa doble mirada a la que yo mismo intentaba sostener en el Alcázar, unos días antes.
San Ginés, sin buscarlo
Cruzando un callejón de Madrid, llegamos a la chocolatería San Ginés por accidente, casi de paso, buscando dónde comer algo rápido y sencillo antes de comenzar otro episodio turístico.
Ahí supe que ese lugar inspiró a Valle-Inclán para escribir Luces de Bohemia, obra modernista sobre un Madrid nocturno y desesperado, y el origen del esperpento. Ahí también se le rindió homenaje, hace unas décadas, a Rubén Darío, el poeta que le dio al modernismo su esencia, su identidad y su música.
Me gustan estos hallazgos que nadie planea. Uno busca churros con chocolate y termina parado en un cruce de las letras hispanoamericanas. España (Madrid en particular) tiene ese efecto. Cada esquina guarda una capa y una sorpresa más.
La familia Martín Camino
Hicimos una pausa en el turismo para tomar un café con Doña Carmen y Don Antonio, los padres de una gran amiga, y su familia.
Una familia española de verdad. Emigraron a Alemania durante la dictadura de Franco. Alemania fue su segundo hogar por años. Después volvieron, a rehacer su vida en una España distinta a la que habían dejado.
Sonreían. La sonrisa mitiga el peso real del exilio, forzado o elegido. Pero ahí estaba, debajo de nuestra conversación y el café: una familia que se fue de su país y volvieron a uno que ya no era el mismo. Confirmé algo esa tarde: el amor y le devoción por la familia no piden permiso al cruzar fronteras.
De todo lo vivido durante el viaje, este café fue probablemente lo más breve. Y lo más genuino.
Lo que queda sin resolver
Nuestro viaje estuvo lleno de pensamientos inconclusos. ¡Qué bueno!
Sigo sin saber si “hasta cuándo” es una pregunta legítima o una forma elegante de cansancio. Sigo sin saber si la transmodernidad de Dussel es un horizonte real o utópico. Sigo pensando en esa sala del Alcázar, en cómo la esencia de un cuarto semi vacío puede pesar más que cien libros leídos.
Lo que sí sé es esto: deseo volver a España, y la próxima vez espero no medir el tiempo en décadas. Y cuando entre a un cuarto con historia adentro, espero tener aún energía y memoria para continuar haciéndome las preguntas incómodas.