De niño crecí bajo el manto de la religión Católica; al punto que llegué a coquetear con la idea del sacerdocio. Hoy no participo de ninguna religión organizada, pero mis principios éticos todavía reflejan conceptos cristo-céntricos.

Nuestra educación colonizada, siempre promovió la idea de Estados Unidos como una “nación cristiana”. La frase resonaba importancia casi sagrada: familias saliendo de templos en los domingos y una promesa silenciosa de que aquí las cosas se hacían con justicia y compasión.

No hace falta mucho esfuerzo para entender que la idea de “nación cristiana” es solo una descripción aspiracional —o un mero espejismo. Tal vez ahí radique nuestra tensión más profunda: la distancia entre lo que proclamamos y lo que practicamos.

El evangelio que olvidamos

El mensaje de Jesús fue tan simple como subversivo: alimentar al hambriento, cuidar al enfermo, acoger al forastero, consolar al que sufre. No era un programa político, sino una pedagogía moral. Una invitación a medir nuestra humanidad por la forma en que tratamos a los más vulnerables.

Y, sin embargo, hoy esa enseñanza parece haberse reducido a eslogan. Políticos que juran sobre la Biblia promueven pagar a niños migrantes para que se vayan del país. Se imponen aranceles a quienes buscan asilo, como si la misericordia pudiera tasarse. Se congelan programas de refugio mientras se recortan fondos para salud y alimentación.

¿Es esto lo que entendemos por valores cristianos? ¿O hemos aprendido a citar a Jesús solo cuando coincide con nuestros intereses económicos o electorales?

No pregunto para acusar, sino para provocar una reflexión que nos urge. Si decimos ser una nación cristiana, ¿reconocería Cristo nuestras políticas como coherentes con su mensaje?

Venezuela: la parábola de una contradicción

Pocas situaciones revelan mejor nuestra incoherencia moral que el trato hacia Venezuela.

Por un lado, justificamos asesinatos extrajudiciales en el Caribe con el argumento de que enfrentamos a un narco-estado. El discurso apela al orden, a la defensa de la democracia, a la lucha contra el mal.

Por el otro, revocamos la protección temporal (TPS) de miles de venezolanos y los enviamos de regreso al mismo país que describimos como violento e inhabitable.

¿En qué lógica “cristiana” cabe semejante contradicción? No es un dilema geopolítico: es un espejo moral. Cuando la lógica del poder sustituye a la lógica de la compasión, el resultado deja de ser política y se convierte en pecado institucional.

El enemigo conveniente

La historia es cíclica: cada vez que un gobierno busca consolidar poder, inventa un enemigo. Para mejor comprensión, léase el ensayo magistral del filósofo Umberto Eco, Inventando al enemigo.

El “otro” —el inmigrante, el extranjero, el disidente, los de tez más oscura, los medios, quien lucha por las justicia social— se convierte en la amenaza que justifica el control. Mientras el pueblo se entretiene en guerras culturales, los poderosos saquean el erario y se reparten privilegios.

Jesús ya había desenmascarado ese mecanismo cuando dijo: “Saben discernir el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos.” Estaba hablando de nosotros: de sociedades que confunden patriotismo con idolatría, fe con miedo.

¿Y si la batalla cultural que hoy nos divide es precisamente el truco que impide mirar hacia arriba? Mientras discutimos quién es más moral, estamos perdiendo la capacidad de reconocer el sufrimiento real que nos rodea.

Religión, riqueza y conveniencia

Las políticas fiscales recientes que premian a los más ricos y castigan a los pobres no son simples errores técnicos; son síntomas de idolatría moderna. Se adora el dinero con la devoción que antes se reservaba a Dios.

Y muchos líderes religiosos, tristemente, se han vuelto cómplices. Predican contra el aborto o la moral sexual con fervor de cruzada, pero callan ante la corrupción, el racismo, la venganza política, la violencia armada o la destrucción ambiental.

Han convertido las palabras de Jesús en un arsenal ideológico y, en el proceso, han olvidado su centro: el amor incondicional y la justicia para los olvidados.

La fe sin coherencia es propaganda. La religión sin compasión es teatro.

La intolerancia tiene muchos bandos

Sería fácil señalar solo a los conservadores, pero el espejo también refleja a los progresistas.

Hay una nueva forma de puritanismo ilustrado: el desprecio hacia quien cree, la cancelación del que disiente, la superioridad moral que disfraza el odio a la fe con lenguaje académico.

Jesús no pidió uniformidad de pensamiento, sino unidad en la compasión. El odio, venga de la derecha o de la izquierda, sigue siendo odio. Y ninguna ideología puede proclamarse ética mientras degrade la dignidad del otro.

El reflejo en el espejo

Tal vez el problema no sea que la nación norteamericana haya perdido la identidad cristiana, sino que nunca la comprendió del todo. Ser una nación cristiana no consiste en imponer símbolos religiosos o prohibir en nombre de Dios.

Consiste en encarnar el Jesús del evangelio en nuestras estructuras: en cómo legislamos, cómo distribuimos recursos, cómo tratamos al extranjero y cómo ejercemos el poder.

Una sociedad verdaderamente cristiana no necesita enemigos para sentirse unida. No teme la diversidad ni la verdad.

Necesita, eso sí, valor. Valor para mirarse en el espejo sin excusas y preguntarse:

¿A qué dioses servimos realmente —al Dios de la compasión o a los ídolos del poder, el dinero y el miedo?

Esa no es una pregunta retórica. Es una lección pendiente.

Hasta que no tengamos el coraje de responderla con honestidad —como individuos, como comunidades, como nación— seguiremos siendo lo que somos ahora: un pueblo que pronuncia el nombre de Cristo con los labios, pero que aún no ha aprendido a seguirlo con el corazón.

¿Nación cristiana?