Ayer fui a tu pequeño taller y me topé con tu escalera, Fidel. Esa que tantas veces  te acompañó, fiel como una sombra. Y me di cuenta de que está llena de ti: marcas de pintura, salpicaduras, gotas y trazos multicolores.  Cada peldaño, cada color, cuenta una historia que solo tú y ella conocen. ¡Si tan solo ella pudiera contarnos esas historias!

Me pregunto cuántas veces subiste por ella, con esa paciencia tuya, con ese don que tenías para ver belleza donde otros solo veían una pared en blanco. Cuántas mañanas te acompañó camino a algún rincón, pueblo o campo, que esperaba tu magia en forma de arte.

Si esa escalera pudiera hablar, nos contaría de ti. De cómo mezclabas los colores con el cuidado de quien prepara una receta ancestral. De las conversaciones que tenías con la gente que se acercaba a verte trabajar, curiosos, admirados. De los campos que visitaste juntos, de las barras y colmados que iluminaste con tus murales costumbristas. Nos diría cómo eras cuando nadie más te veía: concentrado, entregado, feliz brocha y pincel en mano.

Fuiste hijo dedicado, padre ejemplar, abuelo excepcional, ser humano exquisito. Pero también fuiste el artista que nos regaló su humor, picardía e ingenio en miles de dibujos y caricaturas que provocaban risas y carcajadas en niños y adultos por igual.

Plasmaste tu pasión por nuestro terruño a través de paisajes eternos en paredes y lienzos que no olvidan. El hombre que pintaba nuestra isla tal como es: hermosa, viva, nuestra. Y aunque ya no estés aquí para subir peldaños, tu arte permanece. Quienes nunca te conocieron aún se topan con alguna de tus obras y, sin saberlo, se encuentran contigo.

La escalera descansa ahora, Fidel. Pero guarda tus secretos, tus historias, tu esencia. Y nosotros guardamos en el corazón todo lo que fuiste y todo lo que nos diste.

Hasta siempre, querido Fidel. Con amor, tu yerno favorito.

La Escalera de Fidel