¿Recuerdan la historia bíblica del becerro de oro?

Mientras Moisés subía al monte a recibir los mandamientos, el pueblo de Israel se impacientó. Querían algo tangible, algo que brillara, algo que pudieran ver y tocar. Así que fundieron su oro y construyeron un ídolo. Cuando Moisés bajó y vio lo acontecido, su furia fue terrible.

Hoy estamos presenciando la misma escena. Solo que nuestro becerro de oro no es una estatua en el desierto. El oro no es metáfora: es literal.

La Casa Blanca —ese edificio que se supone representa la sobriedad republicana, la dignidad democrática— se ha convertido en un palacio de oro con duchas doradas. El Óvalo ha sido transformado con medallones y figuras de oropel en la repisa, querubines bañados en oro, espejos rococó en las puertas, águilas doradas en las mesas laterales. Y esto es solo el comienzo.

Se está construyendo un salón de baile de 90,000 pies cuadrados —más grande que todo el edificio original de la Casa Blanca— con un costo estimado de $250 millones. Las ilustraciones muestran candelabros de oro y cristal, columnas corintias doradas, un techo artesonado con incrustaciones de oro, lámparas de piso doradas, y un piso de mármol ajedrezado. El estilo imita directamente el salón de baile dorado de una residencia privada en Mar-a-Lago, que a su vez fue inspirado en la Sala de los Espejos de Versalles.

Lee eso de nuevo: Versalles. El palacio del Rey Sol. El símbolo supremo del absolutismo monárquico. Eso contra lo cual esta nación se fundó.

Un crítico de The Washington Post lo expresó claramente: “Parte del poder del Óvalo siempre ha venido del hecho de que no necesitaba todos estos elementos para transmitir autoridad. La autoridad venía del pueblo y de la democracia.”

¿Y las reformas fiscales? Mientras donantes corporativos contribuyen millones para construir este templo dorado, las mismas políticas recortan asistencia alimentaria, congelan fondos de vivienda, desmantelan programas de salud para los más vulnerables. ¿Qué clase de prioridades son estas? ¿Qué clase de valores?

Es idolatría. Pura y simple.

¿Y las instituciones religiosas que deberían estar gritando contra esto? Muchas guardan silencio para proteger sus beneficios contributivos. O peor aún, lo celebran. Mencionan a Jesús solo cuando conviene políticamente: para condenar el aborto, censurar identidades, proteger privilegios tradicionales. Pero ante la ostentación obscena, ante la transferencia masiva de riqueza hacia arriba, ante esta adoración literal y material del oro: silencio.

¿No es momento de preguntarnos si hemos reducido el Evangelio a una lista selectiva de reglas morales, olvidando que Cristo expulsó a los mercaderes del templo precisamente por esto? ¿Por convertir la casa de Dios en un negocio?

Hemos construido nuestro becerro de oro. Y lo peor es que muchos cristianos están bailando alrededor de él.

Becerro dorado